Con su muerte nos dio vida

Por: Sofia Marcelo Loyola (Alumna de los CTB, Lima, agosto 2020)


Mucho antes de esta pandemia las noticias acerca de la muerte eran el pan de cada día. Desde que prendíamos la televisión o abríamos nuestras redes sociales encontrábamos algo que nos hacía recordar que inevitablemente un día moriremos, que nuestra vida tiene fecha de caducidad y que lo más real luego de que nacemos es que moriremos. La Biblia nos enseña que este no era el plan de Dios, la muerte es fruto del pecado (Ro. 5:12). Y no solo es una consecuencia, sino que la paga, el justo castigo del pecado, es muerte (Ro. 6:23a)

Pero es por la muerte también que se consiguió vida (Ef. 2:13). Cristo con su muerte nos dio Su vida (Ro 6:23b), y aunque antes estábamos muertos y justamente condenados, por Su obra en la cruz ahora somos resucitados y podemos tener acceso al Padre. Tenemos todos los privilegios por medio de la preciosa sangre de Cristo, y así podemos cantar:

Te doy loor eterno,

bendito Salvador.

Por tu dolor y muerte,

por tu Divino amor

Cuán grande amor con que nos amó, no le basto con librarnos del pecado, su amor fue más allá, nos hizo uno con Él (Ef. 5:30). Lloyd-Jones comenta: “Un profundo sueño cayó sobre el Hijo del Hombre. El entregó su espíritu, expiró, y allí, en esa operación, la iglesia fue extraída de él. (…) la iglesia proviene del costado herido y sangrante del Señor”. Hermanos, que nuestro gozo no se apague por la dificultad de este tiempo, recordemos de su amor y cantémosle:

La cruz excelsa al contemplar

do Cristo allí por mí murió,

De todo cuanto estimo aquí,

lo más precioso es su amor.

Ese gran amor en el que está fundada nuestra seguridad ¡Ninguno de nosotros pereceremos!, digamos como Pablo: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38-39). Así, aunque nos encontremos al borde de la muerte y temamos, tenemos a quién cantar:

En la hora de la muerte,

enséñame tu cruz

De todos mis temores, ¡Oh! líbrame, Jesús

No olvidemos hermanos que debemos vivir de una manera diferente, ahora hemos sido lavados por su sangre (1 P. 1:18-19). Antes estábamos muertos, pero con Su muerte, nos dio nueva vida y ahora “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Que en medio de este tiempo nuestra fe sea evidente para la Gloria de nuestro Señor, y así cantar:

No busco gloria ni honor

sino en la cruz de mi Señor.

Las cosas que me encantan más

las sacrifico por su amor.


Animémonos en la obra en la cruz ¿Si murió por nosotros, no terminará su obra? Ciertamente, Él continuará su obra hasta que sea completa y nosotros seamos santos y sin mancha alguna, y así presentarnos a él mismo como una iglesia gloriosa (Ef. 5:27)

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