Las inconsistencias de la evolución teísta

Por: Guillermo Pastor Castillo (Alumno de los CTB, junio 2021)


Aunque la evolución teísta pareciese ser una respuesta acertada que intenta conciliar la Biblia con la ciencia, esta no solo presenta inconsistencias bíblicas, sino científicas, que hasta la fecha demandan una respuesta por parte de sus postuladores. A continuación, se desplegarán algunas falencias científicas del evolucionismo teísta.


Primero, la evolución teísta carece de evidencia paleontológica. Sin eslabones intermedios el evolucionismo teísta no puede explicar el proceso evolutivo. Respecto a las aparentes formas morfológicamente transicionales entre dos grupos distintos, en realidad, como afirma Nilsson, “Sólo se puede decir que comparten ciertas características anatómicas” (Barnes, 15), pero no representan ningún eslabón intermedio. Ejemplo de esto es el archaeopteryx y el ornitorrinco. A esto se suma, la aparición de formas más evolucionadas por debajo de formas más simples y la aparición de fósiles en muy buen estado de conservación encontrados en posiciones de movimiento que solo pueden encontrar su explicación en un evento repentino y catastrófico como el diluvio bíblico (Barnes, 18).


Segundo, la evolución teísta carece de evidencia genética. Esta deficiencia se ilustra claramente en el denominado árbol filogenético. “Estudios recientes de análisis de ADN, ARN (ácido ribonucleico) y proteínas de plantas y animales no encajan con dicho árbol” (Barnes, 1). Lo que en realidad se posee es una huerta de árboles filogenéticos independientes. Por otro lado, la evolución molecular resulta improbable, ya que plantea como posible una transición prebiótica partiendo de compuestos inorgánicos, aminoácidos, proteínas y culminando en la primera célula. Sin embargo, esta explicación resulta insuficiente debido a que se necesita recrear un ambiente propicio para hacer posible dicha evolución. Como bien sentencia Tour respecto de las proteínas: “Estas moléculas son extremadamente complejas, tal que hasta el día de hoy no se ha podido crearlas en el laboratorio, mucho menos construir una célula con ellas” (Barnes, 13), y las probabilidades de un diseño inteligente o la simple aleatoriedad son de 1040,000 a 1. (Lennox, El origen de la vida, 8)


Tercero, la evolución teísta carece de una explicación estructural sólida. Resulta improbable biológicamente el principio de continuidad debido a complejidad irreductible. Prueba de esto son los órganos, cuyo funcionamiento por selección natural resultaría altamente improbable debido a su sofisticación y conectividad (Blanchard, La evolución, 28). A su vez, la célula siendo de tamaño microscópico, presenta un alto grado de complejidad. Denton dice: “Las células son muchísimo más complejas que cualquier máquina construida por el hombre y absolutamente sin paralelo en el mundo no viviente” (Denton, Evolution: A Theory in Crisis, 250). Asimismo, respecto a la estructura proteínica, Lennox hace una analogía ilustrativa: “la organización de un edificio requiere algo que no está en las piedras: la inteligencia del arquitecto y la destreza del constructor. Lo mismo ocurre con los bloques de la vida” (El origen de la vida, 7).


Por tanto, estas carencias ponen en tela de juicio el proceso evolutivo como forma probable en la que Dios determinó el origen de las cosas. Negar la creación directa de Dios en estos aspectos es caer en una multiplicidad de inconsistentes.


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